IA en la Administración Pública: Revolución o Fracaso
Publicado el 16 de junio de 2025 por Sergio Jiménez Mazure en Inteligencia Artificial.
Inteligencia Artificial, Administración Pública, IA generativa, Innovación, productividad administrativa. Palabras de moda que reptan por las salas de reuniones, cual serpientes con promesas de paraísos perdidos. Pero díganme ustedes, ¿cuándo fue la última vez que un funcionario rellenando papeles le pareció símbolo de progreso? Permítanme, señoras y caballeros, ir al grano: la inteligencia artificial está a punto de inmiscuirse en la vida de 1,44 millones de funcionarios en España —y no, no es un capítulo perdido de “Black Mirror”. Aquí no hay distopías carísimas, hay informes, sellos, procesos, y la eterna espera en la ventanilla.
La agonía del trámite burocrático: historia de un país encallado
He paseado, con la paciencia de un burócrata zen, por los pasillos de más de una administración. Recuerdo una mañana en el Ministerio de Innovación español, salpicada de café recalentado y de miradas perdidas que suplicaban, tal vez, un motín. Sobre la mesa, expedientes esperando un “OK” digital que nunca llegaba, mientras tres técnicos discutían si firmar antes el papel azul o el verde.
La realidad es que cada expediente, cada miserable sello o instante de validación manual, puede tragarse tres horas de vida, reloj en mano. Y así, nos acostumbramos a ver las promesas de la política digital naufragar en olas de papel. Les aseguro —y sé de qué hablo— que en más del 40% de los procedimientos, la legalidad no es más que papel mojado: los plazos se estiran más allá de lo permitido, como si los dioses de la administración disfrutaran viendo sufrir al ciudadano.
No hay país culto donde los burócratas sean más rápidos que las ideas.
¿Exagero? Tal vez. Aunque, como decía Quevedo, “Poderoso caballero es don Dinero”, y en la administración incluso el tiempo tiene precio: millones de euros evaporándose a cada golpe de sello.
¿Qué puede hacer la Inteligencia Artificial en el reino de la ventanilla?
Naturalmente, no he venido a vender sueños baratos de StartUp californiana, ni he viajado hasta aquí con la túnica de profeta digital. Hablo de datos, de informes, de la IA generativa que, según EsadeEcPol y Google Cloud Summit Madrid 2025, puede transformar, de verdad, la vida de esos 1,44 millones de empleados públicos españoles.
- Para el 67% de ellos —cerca de 960.000 trabajadores— la IA puede automatizar entre el 10% y el 50% de sus tareas diarias. Elaboración de informes, síntesis de documentación, clasificación. El trabajo mecánico de quienes firman el papel, no la historia.
- Un 24% hace labores tan especializadas que la IA solo mejoraría menos del 10%: raros, imprescindibles, casi exóticos.
- El 9% restante sí podría dejar en manos de la IA más de la mitad de su trabajo diario, y mientras tanto, preparar la renuncia o reinventarse.
“Eso es lo que somos. Eso y nada más”, decía Edgar Allan Poe, y uno contempla la silueta del funcionario modelo —más cerca del escribano medieval que del asesor postmoderno— y sospecha, con ironía amarga, que la máquina aún tiene alma de burócrata.
¿Por qué la IA acelera tus resultados?
Me lo han preguntado mil veces en cursos, conferencias y sesiones con directivos: “¿De verdad una inteligencia artificial puede hacer el trabajo de varios funcionarios?” El truco es viejo: la IA genera, clasifica, resume y responde en tiempos impensables para el ser humano más eficiente —¡y sin pedir bajas por estrés o café extra!—. Cuando hablo de productividad, no lo hago a la ligera: los cálculos lo sostienen, un 9% de mejora en la productividad media tras diez años de adopción, unos 7.000 millones de euros anuales ahorrados.
La memoria es el único equipaje que no se pierde. Pero la administración, créanme, la pierde con cada cambio de legislatura.
¿No es irónico? Queremos velocidad, eficacia, transparencia, pero adoramos el papeleo, el rito del trámite, ese romanticismo gris de la oficina pública. La IA, en la administración, funciona como una gota de aceite en el engranaje oxidado: hace que gire —no que vuele.

El mito de la digitalización: promesas versus realidades
En la célebre sala de crisis de una consejería andaluza, un político —de esos que cambian de chaqueta con la facilidad de un trilero— me espetó: “Queremos transformación digital, pero sin perder el control humano.” Y uno piensa que lo humano, en la mayoría de ventanillas, se reduce a decir “le falta un sello”. En otras palabras: queremos IA, pero que se note poco; eficacia, pero que lo resuelvan otros.
No se engañen, la IA generativa simplifica procesos, acelera resoluciones y hasta soporta la inercia de la burocracia. Sin embargo, no elimina la cultura del “no se puede”. Recuerden a Felipe II y su administración: ni el monarca más poderoso de la tierra pudo impedir que sus escribanos retrasaran la Armada Invencible por un asunto de papeles mal sellados. Hoy, cambiamos la pluma por el algoritmo, pero la resistencia sigue dentro del hombre, no de la máquina.
Innovación e IA: un mar de oportunidades… y de naufragios
Déjenme contarles otra anécdota de consultor de provincias: hace un par de años, en un pequeño ayuntamiento gallego, propuse implantar un asistente de IA para agilizar la atención ciudadana. Al principio reinaron las dudas: “¿Y si la máquina se equivoca?”, “¿Y si me sustituye?” Les respondí con el tacto de quien ha visto demasiados despidos y aún cree en la dignidad del trabajo: “La IA no quita el sentido común, ni el instinto, sólo recicla lo que es repetible.”
No olvidemos que el Siglo de Oro español se nutría de genios y pícaros, de Lope y de Quevedo, de burócratas y de rebeldes. La IA, señoras y caballeros, puede aumentar la dignidad del funcionario, rescatarlo del tedio de copiar datos de una hoja a otra y liberar tiempo para lo que ningún algoritmo sabe hacer: pensar, decidir, dialogar, entender lo nuevo. Negarse es como negar la imprenta por amor al pergamino.
¿La automatización elimina empleos?
No faltará quien alce la voz en defensa de la “humanidad”. Pero, si algo he aprendido tras 25 años formando a políticos y empleados públicos, es esto: el miedo vende más que la valentía, pero la historia siempre premia a quien se atreve a cruzar el Rubicón. ¿Reducirá la IA empleos? Sí, destruirá las tareas fútiles, las que ningún funcionario extrañará, pero abrirá la puerta a cientos de ocupaciones nuevas, asociadas a la supervisión, interpretación y mejora de procesos. Recuerden cuando los ascensores tenían operador humano: hoy nadie los extraña.
Y para los apocalípticos: siempre hay quien pronostica el fin del mundo ante cualquier innovación. Al final, el mundo sigue, los mediocres se reciclan y los burócratas eficaces ascienden. Eso es lo que hay.

Los datos que la administración prefiere no mirar
Miremos la cruda realidad: 7.000 millones de euros al año en productividad adicional. ¿Es esto un milagro digital, una nueva alquimia? No. Es simple eficiencia, destilada por algoritmos y validada por la matemática más sorda y ciega a las emociones. Cambiar papeles por prompts, sellos por clústeres, firmas por flujos de trabajo automatizados. El reto no está en la tecnología, sino en la actitud. Como decía Camus: “El hombre es el único animal que se niega a ser lo que es.” En la administración, nos negamos a dejar de ser laberinto.
¿La madurez digital es posible en España?
Ah, la madurez. España Digital 2025, grandilocuente lema para tiempos de crisis. ¿De verdad alguien cree que la administración pública llegará puntual a esa cita, con todos los expedientes digitalizados y los ciudadanos recibiendo respuestas en tiempo real? Yo he visto demasiados comités, demasiados informes, demasiados brindis al sol. El reto real es cambiar la cultura, no solo los sistemas.
¿Por qué cuesta tanto? Porque, como en el ajedrez, la pieza más poderosa no es la reina digital, sino el peón humano. Cuando el peón teme avanzar, el cambio fracasa. Y la administración, ustedes y yo lo sabemos, teme más a la crítica interna que al ciudadano insatisfecho.
Tecnologías emergentes: más allá de la IA generativa
La inteligencia artificial encabeza los titulares, sí, pero no es el único viento que sopla hacia la modernidad. Téngalo claro:
- Realidad aumentada y realidad virtual: abren nuevas puertas para interactuar con el ciudadano, mejoran la formación en remoto y agilizan el acceso a la información.
- Interacción conversacional: chatbots, asistentes virtuales, sistemas de voz y mensajería rápida ya empiezan a desbancar a la ventanilla tradicional.
- Big Data y personalización avanzada: permiten que la administración, por fin, trate a cada ciudadano como una persona y no como un número en una hoja Excel.
- Sostenibilidad inteligente: la famosa “programática verde”, que busca algoritmos más eficientes y menos derrochadores de energía. Algo sensato en un país anclado, tantas veces, en la ceremonia del derroche.
La administración pide eficiencia, pero el funcionario exige garantías. Ahí comienza y termina toda revolución que no se atreve a pisar charcos.
Entre la esperanza y el escepticismo: la administración ante el espejo
Podría acabar diciendo que la inteligencia artificial salvará la administración tal y como Moisés abrió las aguas del Mar Rojo. Pero sería tomarles el pelo —y no es mi estilo. Lo cierto es que la IA es solo un instrumento más, útil para cortar las cadenas del trabajo repetitivo, pero inútil —por ahora— para dotar de coraje y sentido a la función pública.
Una administración capaz de reinventarse adoptando la IA generativa y otras innovaciones será más rápida, más versátil, mejor preparada. El que se quede en el lamento, en el miedo, en la resistencia pasiva, será arrollado por la marea digital, como tantos otros antes de él.
¿Estamos preparados para asumir la responsabilidad de un Estado más eficiente?
Me despido —no sin cinismo— con la convicción de que la historia no espera a quienes vacilan. La inteligencia artificial no viene a robarnos el alma ni a quitarnos el pan. Viene a recordarnos que el tiempo, señoras y caballeros, es el único recurso verdaderamente escaso en la administración. Y que perderlo, por miedo o por obstinación, es el auténtico pecado capital de nuestro tiempo.
Y si no lo creen, miren a su alrededor y pregúntense: ¿La próxima vez que llamen a la administración, quién responderá al otro lado? Si es una IA, agradezcan que al menos no le faltará el sello.